9/12/08

Uno mismo y su MECANIsmo

Sábado 6 de diciembre. Es fiesta, menos hostelería todo está chapado. Tengo una celebración familiar, el santo de mi madrina. Vienen a por mí, no han pasado ni 10 minutos y ya escucho cómo mi hermano está subiendo a casa, seguro que se ha cansado de esperarme y viene a explicármelo; sube pálido y con un ya antiquísimo gesto de haber empalmado dos noches de traya. En lo muy bueno, en lo muy malo, en lo radical, cuerpo y mente reaccionan igual por razones muy diferentes. No hay fiesta que valga. Ni se te ocurra bajar, me dice, tenemos un gato atrapado en el capó.

¿No intenta salir? le pregunto mientras los maullidos inundan toda la calle. Aún no estoy del todo asustada, pues recuerdo que Maddy (nos lo quedamos hace dos años porque también se nos coló en el motor) pasó algún tiempo con el coche en marcha y tras darse un par de paseos "muy calentitos" salió intacto y por su propia pata deslizándose por una rueda. Estaba dando por hecho que esta vez el gato también era minúsculo.

Pues no, no puede salir, es un gato gigantesco, se le ve la cabeza y el rabo, creemos que se ha quedado enganchado con la correa del coche.

No le va a pasar nada, no le va a pasar nada, no le va a pasar nada...
Olvido a mi hermano. Empiezo a hablar yo sola y a pedir ayuda a los ángeles de los animales en un acojone muy místico; él se olvida también de mí después de volver a decirme que no baje y no lo vea.
Después de un rato de ensimismamiento me asomo a la ventana para ver el panorama, lo que veo es bastante increíble. Busco por internet casos parecidos, pero tras los finales que leo mejor dejarlo; busco protectoras, en Murcia no lo cogen, en Cartagena no tienen ni idea de lo que debo hacer. Comienzo a flipar.
Mi hermano llama a asistencia en carretera = ni zorra.
llamada a la policía = ni zorra de qué se hace en estos casos cuando los talleres están chapados.
Opción bomberos = pastón por adelantado sin ninguna garantía de que pueda solucionarse, de hecho dejan caer que no es nada fácil.
Mi hermano, mi padre y yo comenzamos a desesperarnos, mi hermano y yo susurramos hijosdeputa a cada suspiro. No paramos de llamar a mil sitios y nadie nos echa un cable, nadie quiere que un gato le quite tiempo de su, más que probable, cutre-sábado.
El gato está muy asustado, pero se deja tocar, no hace amago de atacar, intuye lo que ocurre y se está portando como un campeón; cada vez sentimos más pena por él y más ganas de salvarlo. Mi hermano se agobia al recordar que ha estado a punto de no hacer caso de los ruidos y de encender el motor, por la nueva posición que había cogido se lo hubiera cargado en unos segundos. Cada vez está más agobiado; cuando peor se está mejores recursos se pueden encontrar. Ya no sabe a quién llamar, pero recuerda a un chaval mecánico, no le conoce apenas, y mucho menos tiene confianza como para enmarronarlo de gratis un sábado, pero parece nuestra única opción. El chaval no es ni siquiera de Murcia, es de un pueblo, se encuentra a punto de irse con sus colegas, pero para nuestro alucine en unos minutos aparece frente al motor. Se posiciona, observa la situación sin tocar nada excepto su propia cabeza, mantiene ese gesto de concentración unos segundos y explica a mi padre y hermano la mejor maniobra para no destrozar al gato. Unos segundos, y veo cómo un gato de unos 4 kilos está sobre los brazos de mi hermano.
Desde la ventana grito GRACIAS TIOOOOOOOOOOOO.... Suben al gato, le ponemos comida y agua pero está inquieto y no come, observamos si tiene heridas, le ha salvado la cantidad de pelo que tiene; es naranja, con una cara que flipas y unos ojitos tristes medio cerrados que hacen que le diga inmediatamente a mi padre que nos lo quedamos. Ya estamos con el zoo, ni lo sueñes, y como si el gato lo entendiera sale por patas y salta para recorrer los patios del vecindario.
Tal vez haya elegido quedarse en alguno de ellos, tal vez haya escogido, de nuevo!,
la libertad.


PD: El semi-desconocido que no dudó en ayudarnos se llama David y es empleado en TALLER RAMÓN (San Ginés, Murcia)