7/12/09

Todas las enfermeras son guays?

Apenas un par de días en un hospital son suficientes para ambicionar la salud a toda costilla.
Sabía que el estar pendiente del gotero y de retirar los pipises nocturnos a mi madre me impediría pegar ojo, lo que no imaginaba yo es que los mismísimos cuidadores me lo pondrían tan difícil.
La última noche que había velado a un enfermo en un hospital hacía ya muchísimos años, cuando mi pequeño primo Samuel tuvo un accidente con su vespino, tenía yo una edad entonces que de invadirte el cansancio podías quedarte dormida encima de los altavoces. Por no tener ningún mal recuerdo de aquella noche no sabía lo pesadillesco que podía ser una noche de hospital, desde su voraz frialdad cromática hasta su desangelada carencia en las terapias más sencillas y beneficiosas: ¿Qué tal si en un lugar tan necesitado de paz mental no se practica, al menos a ciertas horas, un respeto reverencial al silencio?, y ya que no es así, ¿por qué no lo sustituímos por uno de los poderes más curativos? MÚSICA.
Imaginé al lado de cada camilla unos auriculares petados de decenas de estilos y miles de posibilidades, en ese momento me pareció una cojonuda manera de no zamparse los pedos y lamentos de todo aquel pobre que no pudiera evitarlos. Pudiendo tirar también de aroma y cromoterapia a un bajísimo coste en cualquier hospital público, ¿por qué seguía considerándose la medicina tradicional un Dios al que, a la hora de la verdad, ni de coña hay que sugerirle alternativa alguna? Es perturbador cuando las mejoras están tan cerca pero la consagración de lo tradicional es de tal magnitud que cualquier cambio sustancial, por poco riesgo que suponga, resulta a ojos de la mayoría un suceso de lo más extravagante.
Eran las cuatro y media cuando creía que me dormía y una enfermera irrumpió en la habitación como quien entra en un corral para comprobar si hemos puesto ya los huevos. Nuestra compañera de habitación había solicitado su ayuda educada y silenciosamente, y la ayuda quiso llegar de tal forma que no dudáramos de su intención. Esto es, si nos necesitáis haremos el suficiente acto de presencia como para que ni por un momento dudes de nuestra dedicación; con la dedicación ocurre como con el amor, es preferible menos pero de calidad, que mucho y malo.
Para mí el sueño es uno de los actos más personales y placenteros, tal vez el que más; podría intimar con un desconocido pero nunca desearé dormir ni con mi mejor amigo.
Así que cuando aquella enfermera entró a esas horas dejando la puerta abierta, encendiendo todas las luces y hablando sin bajar el tono quise raparle las cejas y con el gotero tatuarle PEACE en la frente. Pero respiré hondo y me convencí de que este proceder no era por sistema, que se trataría de la persona en sí o del momento, que llevaría prisa la pobretica.
Van pasando los cuartos de hora y observo, con las tres enfermeras (la niña, la pinta y la carabela gospel), que casi siempre se repite un patrón con un total cantazo de semejante absurdo: la enfermera no está para intentar crear un equilibrio en las habitaciones que le sea posible, la enfermera lo que quiere es, más que nada, HACERSE LA GUAY!! La enfermera dedica cuerpo y alma al paciente que primero la solicite, da igual que sean las siete de la mañana, no se baja la voz, no se lleva el mínimo cuidado al mover objetos y no hay problema para despertar al Paciente2, porque de lo que se trata es precisamente de eso: de hacer creer al Paciente1 que dentro de un magnífico cuidado está no tener en consideración la tranquilidad del Paciente2, es un golpe de efecto que funciona al pelo con los enfermos más desesperados, el pasotismo momentáneo hacia el que no ha solicitado enfermera es enfermizo. Lo más absurdo llega cuando a los quince minutos Paciente2 solicita ayuda y se convierte así en Number-one, el proceso se repite a la inversa y el otro Paciente y su acompañante han sido abruptamente despertados de la manera más ridícula, por la falta de sentido común de sus propias cuidadoras. Un sistema con el que bien podrían putearse mutuamente si en la misma habitación cayeran dos tontos muy tontos. Y no deberíamos sorprendernos de que hubieran tantos cuando los más preparados dan ejemplo cada día a dos centímetros de tu cama. Supongo que no todas son así, mínimo hay una excepción llamada Esther Lucas.

Lo bueno de lo malo es poder disfrutar esos contrastes que, tarde o temprano, siguen a cualquier contratiempo. Ver amanecer desde la ventana de la sexta planta, bajar en un amplio ascensor vacío que te conducirá a abandonar el edificio, dejarse despejar por el dulce guantazo del madrugador frío. Me dirijo andando a mi casa donde nada más llegar achucharé a Kuko y a Maddy, un colacao caliente y una cama más cálida me achucharán a mí. Mi último y alucinado pensamiento recuerda a todos esos hombres y mujeres que sin escapatoria no pueden refugiarse ni siquiera en el silencio,
ya estoy en mi hogar y en mis mantas,
quedo dormida antes de poder compadecerme.