31/10/12

HISTORIAS DE MUJERES (Rosa Montero) Resumen de la Introducción, parte 3

"El recuerdo que tenemos de las mujeres y de sus actos está a menudo teñido por los valores sexistas. Por ejemplo: no nos hemos olvidado de Mesalina, esposa del emperador romano Claudio I, porque ha pasado a la historia convertida en el símbolo de la mujer infiel y ninfómana. O bien Catalina la Grande, la famosa emperatriz de

Rusia, de quien se recuerda, sobre todo, que era una señora de armas tomar y que tenía muchos amantes. Y sin embargo esta mujer, que llevó las riendas del imperio desde 1762 a 1796, fue uno de los grandes soberanos del absolutismo ilustrado. Reformó la administración del Estado ruso, hizo el primer compendio legislativo, protegió las artes y las letras, mantuvo una intensa correspondencia con Voltaire (...) Además tuvo amantes, sí, como la inmensa mayoría de los soberanos varones de todos los tiempos, pero, a diferencia de muchos de estos reyes y emperadores, ella sí supo mantener a sus amantes en el terreno puramente íntimo, sin dejarse influir políticamente por ellos.
Con todo, en cuanto que una se asoma a la trastienda de la historia se encuentra con mujeres sorprendentes: aparecen bajo la monótona imagen tradicional de la domesticidad femenina de la misma manera que el buceador vislumbra las riquezas submarinas (un paisaje inesperado de peces y corales) bajo las aguas quietas de un mar cálido. Hembras guerreras como María Pérez que combatió vestida de hombre contra los musulmanes y los aragoneses, retó en duelo al rey de Aragón Alfonso I El Batallador, a quien venció y desarmó. Cuando se descubrió que era mujer fue bautizada como LA VARONA.
O como la fascinante Mary Read, Juana de Arco, o Louise Bréville que se hizo pasar por hombre y se enroló como marino y llegó a tener el mando de una fragata de combate.
La famosa socióloga y pensadora gallega Concepción Arenal tuvo que disfrazarse de hombre para poder asistir a las clases de Derecho, y Henrjetta Faber lo hizo para ejercer de doctor en La Habana.
(...)
El convento fue a menudo una obligación social, un encierro y un castigo, pero para muchas mujeres fue también aquel lugar en el que se podía ser independiente de la tutela varonil, y leer, y escribir, y asumir responsabilidades, y tener poder, y desarrollar, en fin, una carrera. Ha habido monjas maravillosas por su nivel intelectual o su capacidad artística, como santa Teresa, sor Juana Inés de la cruz o HERRAD DE LANDSBERG, abadesa de Hohenburg, que en el siglo XII hizo la primera enciclopedia de la historia confeccionada por una mujer (el hecho de que pudiera plantearse una obra tan ambiciosa da una medida del ancho mundo que el convento abría a las señoras), titulada "Jardín de las Delicias", bellísimamente ilustrada y destinada a la formación de sus religiosas.
Otras monjas fueron apasionadas y carnales, como sor Mariana Alcoforado, una religiosa portuguesa del siglo XVII que tuvo la mala suerte (o quizá la buena) de enamorarse de un conde francés al que dirigió unas bellas y febriles cartas que éste tuvo la desfachatez de publicar en París en 1669, claro que gracias a eso se conservan." Rosa Montero