3/11/12

HISTORIAS DE MUJERES (ROSA MONTERO) Resumen de la INTRODUCCIÓN Última Parte.
-
"Detrás de la casi absoluta totalidad de las mujeres que han alcanzado el poder antes del siglo XX hay un marido muerto. En ocasiones excepcionales el muerto era el padre, y a menudo había además un hijo o un hermano pequeño del que ellas eran representantes o regentes, por lo menos en un primer momento, hasta que podían afianzar su propio poder. (...) Hay gobernantas cegadas por la pasión, como nuestra Juana la Loca, que paseó durante tres años por toda España el cadáver de su marido Felipe el Hermoso. O Artemisa II, reina de Halicarnaso, que al quedarse viuda de su marido mandó construir un monumento en su memoria que fue una de las siete maravillas del mundo antiguo y que aún hoy nos ha dejado el uso de la palabra mausoleo. Una antepasada de esta desconsolada viuda, Artemisa I, también reina de Halicarnaso pero un siglo antes, había sido menos delicada en su pasión: de enamoró de Dárdano y, al ser rechazada por él, le mandó arrancar los ojos y después se quitó la vida. Y es que ha habido mujeres escalofriantes. Como la gran Irene, subió al poder a la muerte de su marido como regente de su hijo Constantino, que a la sazón tenía diez años. Una década más tarde el hijo tuvo que recurrir a un levantamiento militar para desalojar a su madre del trono (...) Acusó a su hijo de bigamia, luego lo destronó, más tarde lo encarceló y por último lo mandó a cegar. Lo más curioso de todo en que su cuerpo fue traído años después a Constantinopla con honores de reliquia, y ella fue canonizada por la Iglesia Ortodoxa: de modo que esta madre que mandó sacar los ojos de su hijo es hoy santa Irene para un buen puñado de creyentes.

Relatos de soberanas fuertes y feroces indican que la mujer también puede ser malvada, lo cual en cierto modo es un alivio porque nos reafirma en nuestra humanidad cabal y completa: somos capaces, como cualquier persona, de toda excelencia y todo abismo. ¿La más mala de todas? Difícil competición, pero una perversa clásica y emblemática, del mismo modo que fue emblemática la maldad del marqués de Sade, es Elizabeth Bathory, la condensa sangrienta, una viuda húngara que creía poder conservar la juventud si se bañaba en sangre de doncella. Torturó, dicen, a más de seiscientas jóvenes campesinas, a las que acabó degollando y desangrando. Descubiertos sus crímenes, la Bathory fue emparedada viva en su castillo.

Ha habido, en fin, mujeres de todo tipo. Empresarias de fuste, como Marie Brizard, científicas extraordinarias, como María Agnesi Pinottini, una matemática italiana que publicó en 1748 el mejor tratado de cálculo diferencial que se había hecho hasta el momento, incluso hubo una mujer verdugo en la Francia del siglo XVIII: cuando, tras años de oficio, descubrieron su sexo, la metieron en la cárcel por diez meses. Tras la insipidez de nuestra amnesia colectiva, pues, se oculta un abigarrado paisaje de mujeres extraordinarias, algunas admirables, otras infames. TODAS ELLAS TIENEN EN COMÚN UNA TRAICIÓN, UNA HUIDA, UNA CONQUISTA: TRAICIONARON LAS EXPECTATIVAS QUE LA SOCIEDAD DEPOSITABA EN ELLAS, HUYERON DE SUS LIMITADOS DESTINOS FEMENINOS, CONQUISTARON LA LIBERTAD PERSONAL.

Media humanidad, la parte femenina, ha vivido durante milenios una existencia a menudo clandestina y en gran medida olvidada, pero siempre mucho más rica que la horma social en que estaba atrapada, siempre por encima de prejuicios y estereotipos. Porque hay una historia que no está en la historia y que sólo se puede rescatar aguzando el oído y escuchando los susurros de las mujeres." ROSA MONTERO