22/8/13

La Ridícula idea de no volver a verte.

Leer "La ridícula idea de no volver a verte" inmediatamente después de haber leído "Lágrimas en la lluvia", es un vertiginoso salto del amenazante futuro al imposible escapar de lo que tenemos en mente presente.
Mientras que en la amenaza futura podemos soñar con un atisbo de esperanza (en cualquier momento el curso del mundo podría cambiar o al menos saltar todo por los aires estrellándonos con un planeta al estilo "Melancolía" :))  ), la amenaza a tiempo presente de la insoportable idea que supone la pérdida de nuestros seres más queridos es algo de lo que ningún vivo puede escapar. Nunca. No hay futurismo ni ciencia-ficción capaz de reinventar más angustia.

Cada vez se lleva menos poner etiquetas, pero si hay que elegir yo elegiría ésta: las personas aterrorizadas con su propia muerte, y las personas aterrorizadas más por la de sus seres queridos.
Pertenezco al segundo bando, no tengo demasiado temor a la muerte en sí, creo tener una profunda conciencia de este extraño viaje, que aun siendo raro, podemos y debemos convertir en celebración, aunque ni siendo la party más divertida jamás montada nadie se quedará en ella eternamente. Todos nos vamos, los alegres/los tristes/los dicharacheros/los taciturnos.
La muerte encuentra el momento de cortarnos el rollo a todos, no hay poder ni pasta con la que convencerla para que aguante un rato más en la fiesta, por lujosa que sea, por prometedora que luzca. Todos somos demasiado iguales siendo mortales, animales humanos y no humanos.

Es ridículo tener excesivo miedo a lo evidente sin escapatoria, es ridículo temer a nuestro limitado tiempo si no existe otra posibilidad, pero abrumador es ser testigo atado de pies y manos de la desaparición de los que amamos. Es un miedo que la mayoría compartimos, cuando "compartirlo" quiere decir todo lo contrario a "comunicarlo", puntos comunes que ocultamos y disimulamos constantemente.

El libro de Rosa Montero es la liberación exquisita del prejuicio, sin malgastar un segundo más en disimular la mortal esencia de la vida, abriéndose las entrañas y dejando que la falta de miedo se encargue de poner todo en su lugar; hablando de la muerte como pocos se atreven, sin perderse en metáforas ni tributos con tufo a flores fúnebres. Es una obra que muchos han interpretado como optimista y vital, pero hay tanta autenticidad en crudo que algunos nos hemos dejado arrastrar con ella por la sombra más oscura y siniestra del amor; cuando la certeza de que éste siempre nos traiciona si no por una cosa, por otra, pero destinado a ser como la vida, o peor aún, pues él siempre se va antes que ella.
Pero cuanto más leo más me doy cuenta de que una de las grandes cosas por las que merece la pena sobreponerse a ese desencanto vital es la posibilidad de encontrar a quienes no temen y aprender de ellos, o si no se nos da bien aprender al menos dejarnos inspirar por la delicadeza y la poesía de sus vidas por momentos y en cualquier instante. Siempre son los mismos los que nos suben el tono, los valientes y los generosos. ¿Dije que todos somos iguales ante la muerte? Sí, pero no todos somos iguales tras ella.
Para demostrarlo, este libro con la extraordinaria esencia de una simple mortal tras la marcha definitiva de muchas de sus huellas.