20/7/16

Lo creas o no

Había sido el invierno más duro para ella, por mucho que se pareciera a otros tantos. Se parecía a los ya superados en la autenticidad con la que disimuló la dureza.
Simular puede ser auténtico. Es más real que arrastrarte ante quienes no sienten más allá de un interesado momentazo empático, aquellos momentos receptivos que nos confirman lo buenos que somos.

Por eso ella no entendía cuando su amiga se arrastraba constantemente exhibiendo siempre un montón de tristes dilemas.
Después de muchos años, le soltó en un intento despertador, ¿Quieres mi sentido práctico con el cariño que da el humor y alegría?, ¿o sólo quieres demostrarme lo infeliz que puedes llegar a ser como si con ello te concedieras una sensibilidad especial? Una amistad que se rompió a base de sentencias más significativas que la propia relación.

Le ocurrió algo tremendo, y ahora era ella, en este invierno, la que se sentía como aquella amiga a quien no entendía. Pero no la buscó, ni buscó a nadie que no supiera existir. Era ella misma la que se sentía destrozada y por lo tanto aún viva, era sólo en sí misma donde podía localizar, con mucho esfuerzo, un refugio.

Lo encontró, y allí se curó, ayudó a su padre, a su hermano, a todo aquel que la necesitara. Demasiadas veces la necesitaban de forma encubierta, que es la forma más sutil de no tener que agradecer la ayuda.

Estalló el verano y la alegría. Estalló su fortaleza y predisposición a nacer por días; tras haber superado un invierno que no detallaría a nadie, se quería aún más que antes, huiría de las tristezas batiendo récords de velocidad que ya poseía.

Se cruzó con él nada más llegar al sitio de siempre, ambos siempre estuvieron allí sin reconocerse.
El verano estalló a finales de mayo.
Vaya, esto comienza bastante bien, no me hace falta mucha gente, este espejismo puede ser más que suficiente.
Ella se fijó en su seriedad, pero él no se fijó ni en su alegre culo.
Apenas unos días después, él la localizó de la forma más enredada y casual, cruzarían unas palabras en unas contadas ocasiones. Se pondrían nerviosos, o desconfiados o poco motivados, o demasiado excitados.
Era como escribir algo en una hoja en blanco después de haber acabado un libro agotador. Unas veces daban ganas de arriesgarlo todo, otras de buscar la papelera más cercana. Todo ello sin saber absolutamente nada del otro, excepto una seriedad que convertía la hoja blanca en plastificada.

Ella no sabe cómo continúa el relato, porque se ha acostumbrado a vivir tal como escribe; sin principios ni finales, huyendo de todo lo que no sugiera una resistente hipersensibilidad.
Ella no sabe cómo interesarse por el otro, porque se ha acostumbrado a sentir tal como te adentras en una emocionante película; esperando la mejor de las posibilidades sin necesidad de forzar un solo fotograma.

No se conocen, probablemente no se conozcan jamás. Y tal circunstancia, lo creas o no, puede presumir de una contenida magia que nada ni nadie puede distorsionar.