28/2/17

Pablo Ráez - homenaje a los siempre fuertes y a los no tanto


La valentía es la única salida que todos tenemos, para comprenderlo no hace falta estar enfermo, todo el mundo lleva una mochila que puede reventar en cualquier momento, todo el mundo está expuesto a cualquier enfermedad en un futuro inmediato. De hecho somos tan vulnerables que basta no haber dormido o haber tenido un mal sueño para venirte abajo.

Pero tenemos también derecho a no ser valientes, a renunciar a esa única salida, a estar cansados de dolores físicos o emocionales, y eso, los enfermos, sí que lo entienden mejor que nadie.
Nada ni nadie debería indicarles el camino para ser ejemplares. Valientes cuando precisen serlo, héroes tal vez sólo por un día.

Me pregunto qué deben sentir tantos enfermos de cualquier grave patología, no sólo cáncer, cuando a instituciones y políticos se les llena la boca ensalzando la figura del fallecido y se molestan tan poco en solucionar problemas hiper-básicos como evitar que se caigan los techos de habitaciones supuestamente hospitalarias.
Qué bonito es hacer homenajes a personas inspiradoras, pero qué poco práctico es cuando ya se han ido. Qué maravilloso que seres aun enfermos posean una energía tan especial que puedan concienciar a miles personas para que donen médula, pero, ¿qué hacen nuestros gobernantes cuando estas personas tan especiales y tan necesarias estaban vivas? NADA. Dejarles el muerto a ellos, que los propios enfermos se encarguen de crear un feedback virtual para cubrir parcialmente sus necesidades, mientras crean a la vez una imagen de superación tal que "da igual que las cosas no funcionen como deberían, da igual que nos roben y se rían en nuestra cara, da igual, siempre fuertes."

No hay nada malo en mostrar fortaleza, muy al contrario, no hay otra salida. Pero está el derecho a no ver salida, a no ser fuerte, a no querer morir lentamente en una sociedad desprotegida, está el derecho a horrorizarse ante unos diligentes que se atreven a pronunciar palabras bonitas mientras no mueven un dedo por cumplir ellos, sanos y poderosos, las responsabilidades mínimas como guerreros, ¿no son sus beligerantes discursos los de un supuesto héroe?
Mi padre no es un gladiador por tener cáncer y estar emocionalmente fuerte, me puede resultar admirable en algunos momentos, puedo reconocer su actitud y aprender de ella, tengo derecho incluso al autoengaño y montarme la película de que es spiderman, pero en el fondo he de saber que no es un personaje cósmico; es un enfermo como otro cualquiera, con la misma valía que otro enfermo que se venga abajo. Y son los que se vienen abajo los que más necesitan nuestra atención, que nada tiene que ver con la admiración. Porque un enfermo no necesita que le rindan culto, necesita recursos, todo tipo de recursos, desde su entorno más próximo y cálido a los designados por cobertura sanitaria básica.

Cuando sufrimos por alguien parece anecdótico qué palabras usemos para referirnos a nuestros seres queridos, los llamemos como los llamemos lo más importante es estar cerca de ellos, confundiremos conceptos con tal de expresarnos y hacer frente al miedo. Pero a la vez puede ser crucial darnos cuenta de la importancia de ordenar nuestras ideas y palabras para que el caos no se extienda.

Tengamos claro al menos que nuestro sentir no es el sentir de quienes deberían protegernos y no lo hacen, por lo que sus palabras no deben ser las nuestras, los afectados podemos equivocarnos y usar las expresiones más sentidas, ellos no; cuando nos las roban y las usan como propias, manipulan nuestro dolor en su beneficio. Los elegidos para manejar poderes no están para poner medallas a enfermos o fallecidos y convertirlos en personajes, están para hacer auténticos méritos con los que ganarse sus propias medallas, y no llevan ni media. Usan a enfermos como modelos ejemplares, cuando los únicos que tienen que ser ejemplares son ellos.

Entandamos que ninguna enfermedad crea protagonistas inolvidables en una sociedad de figuración espitosa, se les venera un tiempo y luego se les olvida, y el dolor se queda permanente para quienes lo amaron de cerca. Porque las enfermedades no crean superhombres, traen dolor, incertidumbre y alucinaciones emocionales. Y aunque tengamos "la suerte" de cuidar a un enfermo que "lo lleve bien", eso no implica que todo su círculo pueda imitar ese mecanismo, por cada enfermo hay un indeterminado número de personas que viven con miedo a una desaparición inmediata.

Después de todo, si al enfermo le llega la hora, somos los otros los que nos quedaremos sobreviviendo a la duda de si podríamos haber hecho más en un mundo capacitado para el desarrollo de potentes defensas contra todo tipo de males. En un mundillo donde no es prioridad este desarrollo, Pablo Ráez es inmenso por diferentes razones, pero no hay apenas oxígeno para un héroe ni en un millón de historias.

Que no se nos imponga ningún rol ni ninguna inquebrantable lucha, es sano mostrar rabia, gritar y hacer añicos las cosas ante cualquier adversidad. Y cuando uno se deshace de la culpabilidad por sentir rabia, por no ser suficientemente valiente, es cuando de verdad se puede después elegir. Si nos vemos con ánimo de buscar la salida escojamos el inspirador ejemplo Ráez, es la mejor elección, los fuertes ejemplos jamás debilitaron a nadie. No hace falta comprarse ninguna capa, no es preciso más peso, aceptar una situación y cuidarla no te convierte en nadie más que en un ser acorde con lo que te ha tocado vivir.
Que no es poco.



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