6/10/17

Diario incierto V

Quinto ingreso desde la primera y exitosa operación.

Cuarto ingreso de Enrique en estos últimos cuatro meses, cuatro meses de fiebres irrefrenables. 
El segundo remedio operativo había sido peor que la propia enfermedad potencialmente mortal, pues una operación sólo puede salir bien, en un cuerpo abierto lo regular no tiene cabida. 
En cuestión de vísceras y sangre las medias tintas no pintan nada.

Aquel cirujano sólo nos vio una vez, no parecía un tipo frío, y en lo suyo tenía fama de ser una máquina. Pero a aquel cirujano sólo lo vimos una vez, de manera rápida y atropellada, seguro que en lo suyo seguía siendo esa máquina. 
Sin embargo en estas tesituras el resto no somos más que humanos, con el único recurso de encontrar valor y paz mediante la empatía, conexión de lectura en los ojos para ampliar la mirada un poco más allá de un aséptico sondeo de palabras.

Un poco de tiempo para el posible sanador, ya sea poniendo el énfasis en los detalles de lo que pueda ocurrir, ya sea dilatando el encuentro en una visión más naif, según sea más conveniente, que lo decidan los que de ello entienden. Unos minutos de vasta calidad bastan.
Un poco de tiempo para el posible sanado, para conocer al que le abrirá, o para tener la sensación de que el abierto se está dando a conocer, según sea más conveniente, que lo decidan los que de ello entienden. Unos minutos de vasta calidad bastan. 

Qué sabia fue Patricia Martínez Martínez cuando intervino al padre de Esther de pulmón, cirujana con manos de amiga y tono capaz de desinfectar las más acojonadas almas. Sin disimular los peligros, sin esconder una sola piedra del camino. Menuda proeza.  

Aquel segundo cirujano también era un buen hombre que debió sentir mucho su carnicería, Esther estaba convencida, igual que lo estaba de que las carnicerías eran más probables cuando entre interventor e intervenido no había previamente más que un formalismo gélido y rápido. A la buena suerte hay como mínimo que calentarla, pues a veces ni con eso.

Estando como estamos desprovistos de cualquier máquina del tiempo, no pudiendo ni cambiar una coma de este reciente pasado, quedaba únicamente fortalecerse para seguir apostando por una estabilidad del mal, cronificar lo indeseable, hacerse colega de "La castaña", encontrar el modo de que no siga creciendo para soñar que se convierte en "pistacho". Soñar es una valentía gratuita siempre, y además es lícita cuando se ha pagado lo vivido suficientemente caro.

Había que empezar por uno mismo, tocaba autoexplorarse, succionar necrosis emocional, amarse a uno mismo incondicionalmente para poder dar lo mejor. En este caso al más importante de los demás: EL PADRE.


El más digno y saludable trabajo es la comprensión y compasión hacia ti mismo, nada que ver con compadecerse. 
Sanarse a uno mismo antes de proyectarse en el otro, luego intentar sanar a ese otro y, ya puedas lograrlo o no, gracias a la fuerza y la voluntad del intento sanarás así, a lo grande, una pequeña herida a la Madre Naturaleza. 

No va de autopromoción carnal, el amor hacia ti mismo se parece más a un dibujo delicado que a un selfie maniatado.
Si te dibujas en lugar de sobre-retratarte serán menos quienes te observen con energía extraña, encuentra el deleite de la mirada mágica en niños, animales y algunas adultas amabilidades.

Vamos a trazarnos, vamos a creernos, aunque sea por momentos, líderes de nuestra senda y, sólo entonces, de otras sendas. Para influir saludablemente no necesitaremos, jamás, ser popular.
Los auténticos líderes, los que inspiraron cambios, nunca conocieron los LIKES, infinidad de ellos murieron en el anonimato, probablemente hoy también lo harían.

Tienes derecho a ponerte cachondo con cualquier cosa, cualquier virtualidad que sólo busque salir del anonimato, pero seamos consciente de que lo inspirador no es tan estático como uno mismo y su pataleta «influencer».
Lo inspirador es una cadena tan extensa de criaturas y voluntades que es imposible encontrar quién la inició y aún menos quién va a culminarla.
Vamos a fortalecer ese diminuto eslabón que somos, para seguir luchando, sin creernos ni el último ni el primero. Sólo somos.


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