22/12/17

Diario incierto - VIII

Valentina no se despegaba de la pared soleada, relajada y confiada, tirada en el suelo mientras su ama intentaba levantarla al final de la correa.
Su posición era más personal que estrictamente perra, adosada a la pared de una calle transitada, ignorando a los transeúntes se recostaba sobre un lado como si estuviera en su propia casa, con la cabecita levemente levantada buscaba que el sol le encendiera el hocico.
Esther se paró frente a la pared y apagó el calor durante unos segundos, Valentina giró la cabeza y volvió a prenderlo.



- Es adicta al sol, no veo la manera de llevarla a casa.
+ Mira que he visto animales y posturas, pero nunca vi a un animal tan entregado a un muro.
- Sí, no le basta con el solazo que está pegando, busca el calor de la pared. En el patio de casa lo hace con los azulejos en pleno agosto, los azulejos arden y ella tan pancha... Tócala, ya verás que no se acalora lo más mínimo.
+ A mis perros y a mi gato también les gusta, pero llevo observándola un buen rato, y este gustazo que se le ve en la cara a tu perra es de reportaje. ¿No te da miedo que dirija al sol la mirada? Apenas cierra los ojos...
- Esto no es nada, llevo aquí más de una hora, y no se mueve.
+ Se supone que tanto sol es maligno, pero también es cierto que el instinto animal tiende a buscar lo que su cuerpo necesita.
- Por cierto, me llamo Mabel..., y me gusta el sol casi tanto como a Valentina.
+ Ajam, así que en cierta manera tiene explicación, es un vicio pseudogenético.
- jajajaja Pues ahora que lo dices, estoy recordando lo mucho que le gustaba el sol también a mi abuela. Sí, puede que lo haya heredado y no haya que buscar mucha más explicación.
+ A ver si Valentina es su reencarnación.
- Murió a los 101 años..., nunca se ponía mala. Tomaba ajo en ayunas todos los días, y bien temprano colocaba su silla en el portalico y ahí se quedaba tomando el sol hasta que atardecía. Nunca le hice caso, y mira que me insistía con lo del ajo en ayunas, y con tomar sol para la vitamina D... Ni caso le hice, el ajo no es lo mío. Pero ahora me acuerdo mucho de ella, cuando pasas de los sesenta los huesos pueden pesarte como barras de hierro. Llegas a los cincuenta y te confías porque nada te duele, pero de un día para otro... buffff
+ Me encanta tu abuela, yo también soy muy fan del ajo, estoy convencida de sus propiedades mágicas. De hecho el que me cuentes esto a los tres minutos de conocerte lo atribuyo a una señal mágica de esas perlas picantes jejeje A mi padre le pasaba lo mismo que a ti, no le gustaba. Cuando enfermó no me cansé de explicarle lo importante que era alcalinizar la dieta, que ése era sólo uno de los múltiples efectos beneficiosos de la cebolla, el ajo, el limón...
- Ya, tampoco te hizo caso. A cierta edad nos cuesta cambiar mucho los hábitos, aunque estemos enfermos, incluso aunque confiemos y queramos muchísimo a quien nos aconseja. Yo tenía pasión con mi abuela y, mira, apenas seguí ningún consejo de ella. Pero el tiempo pone a nuestros seres queridos en la posición que merecen aunque se hayan ido, para que nunca los olvidemos, nunca me he cuidado y ahora envejezco de golpe.
+ Eso suena a una venganza post-mortem... jejeje
- Hay algo de eso, la ausencia es en sí misma la peor venganza.
+ Sí, la imposibilidad de localizar lo que un día antes estaba tan a mano.
- ¿Ya no tienes a tu padre?
+ No.
- Lo siento mucho, ¿era muy mayor?
+ No, no llegó a cumplir los setenta.
- Tienes que ser fuerte, no queda otra.
+ No sabes las veces que he oído esa frase de personas cercanas, para pasados unos días no oír ya nada más. Tomar el sol me ayuda a reconciliarme con muchas cosas, no sólo con la pérdida, también con la desidia y la comodidad de quienes se creen a salvo callados en la sombra.
- Pasados los formalismos del tanatorio, ya al día siguiente muchas personas no saben qué decir, no dejes que esa dejadez te afecte.
+ Gracias, Mabel... Estoy bien, admiro el sol muy por encima de la vulgaridad. Nunca me maltrato con los males que no causo, los fríos son ellos.
- Eso es precioso, aunque a veces haya que fingir.
+ A veces hay que seguir la corriente con tal de estar en paz, odio las discusiones, perder el tiempo en conflictos. Echar en cara las diferencias o la falta de afecto es la inutilidad más patética, mil veces mejor colocarse un divertido disfraz.
- Lo recuerdo como si fuera ayer... "No todo es sol y buenos alimentos, también vas a tener que interpretar muchos papeles, no se puede vivir tranquilo sin caretas."
Tu abuela era muy sabia, ha sido un placer conocerla.
- Cómo me acuerdo de ella, cuanto más años pasan y más conozco a las personas más me acuerdo de su frase.. Mira, Valentina se ha despegado de la pared, por fin se levanta... Vamos, locuela, a comer...
+ Pero qué bonica es...
- Espero verte otro día, Raquel.
+ Esther, me llamo Esther.
- Eso, eso, Esther...
+ Mira qué contenta se va con su sesión de calor... No te olvides de ponerle ajo en el pienso o en el paté, ¡Mabel!
- Ay..., qué cosas tienes, pero mira que si te estuviera escuchando ella seguro que te hacía caso.

2 comentarios:

  1. Una perla de la literatura, en la que pinceladas autobiográficas pintan todo el relato, ora tierno ora simpático ora nostálgico.
    Yo me he transportado a momentos, con personas, de vivencias similares.
    BRAVISSIMO RAKELICA!!!

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  2. MUCHAS GRACIAS POR TAN CARIÑOSAS PALABRAS, MERCEDES.

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